La nueva manera de jugar a la vieja escuela
Ante una cuenta de tres y nada, todo jugador, manejador, narrador y aficionado sabe que viene un lanzamiento por el centro que sin lugar a dudas el umpire cantará alegremente como el primer strike del turno. Salvo un descontrol del lanzador es un hecho casi escrito en piedra. Fernando Tatis lo sabía y confiado en sus habilidades para chocar el madero, se volvió a acomodar sus guanteletas asegurándose de que sus manos tuvieran el mejor agarre, apretó fuertemente la base del bat, sacudió su cuerpo buscando el balance perfecto para lograr un swing poderoso y tomó un último respiro. Observó al pitcher sudar y realizar su propio ritual. En un instante con el vaivén de una coreografía ensayada cientos de veces por día, hizo contacto con la esférica y la depositó lejos del alcance de todo guante rival. La pelota había dejado el edificio tan dramáticamente como lo había hecho el mismo hace Elvis Presley ya hace varias décadas.
Conectar un cuadrangular no deja de ser el máximo logró de un turno al bat, especialmente cuando hay hombres en base. Lograrlo con casa llena tiene su nombre rimbombante; "GrandSlam" es decir, el gran golpe, una sacudida al marcador que pone de un swing cuatro rayitas en la pizarra. La vuelta triunfal por las bases para ser recibido con abrazos, celebraciones, y alguna celebración previamente ensayada. Si tomamos en cuenta que para que una temporada sea considerada bastante exitosa un jugador de posición necesita conseguir 100 producciones, lograr cuatro en un solo turno es un hecho por demás notable.
Desgraciadamente lo que en otras circunstancias sería considerado como un logro extraordinario, en esta ocasión fue todo lo contrario. Tatis recibió regaños de los maestros del béisbol, las reglas no escritas del juego habían aparecido para quitarle la sonrisa del rostro y exhibirlo como un ignorante del juego. Su crimen había sido conectarlo en un juego que se consideraba decidido por la amplia ventaja de su equipo. Parece hipócrita entonces celebrar cuando se logra regresar de una desventaja considerable (entre más abultada mejor) que deja tendido en el terreno al contrincante y así cumpliéndose la también frase cliché de "no hay ventaja segura".
Una regla no escrita dice que no se hace swing en cuenta de 3 y nada. Otra regla no escrita hace referencia a no humillar al rival si la ventaja es mucha, otra regla no escrita indica que las celebraciones son una falta de respeto ante la falla del contrincante. Y así hay muchas reglas no escritas que aparecen en los momentos más inesperados para recordarnos que este deporte ya no es como antes y que las nuevas generaciones se están burlando de la integridad del juego.
Cuando los jugadores se enfrentan al penoso y ciertamente humillante proceso de "arbitration" los equipos se esmeran en mostrar sus evidentes fallos para buscar que los jueces determinen que el salario del pelotero no debe ser tan alto como el pretende. Entonces el jugador debe obtener el mejor resultado posible en cada turno para justificar su paga. ¿Por qué habría de regalar un out y una oportunidad de oro para acarrear dinero a su billetera a fin de no enfadar a las invisibles reglas no escritas?
En la postemporada de 2015, los azulejos de Toronto se enfrentaron a los Rangers de Texas y lograron una remontada épica con el tremendo homerun de José Bautista. En esta ocasión se vino de una desventaja de dos juegos a cero, con el partido empatado en la fatídica séptima entrada. El bambinazo casi acaba con la estructura del otrora llamado SkyDome. Sin embargo la más que justificada reacción de José Bautista que lo inmortalizo en Canadá como un héroe profanó de nueva cuenta las llamadas reglas no escritas del béisbol. El desenlace de esto no llegaría si no hasta la próxima temporada en la última oportunidad de la serie entre ambas escuadras y culminó con justicia por la propia mano de Rougned Odor. Las reglas no escritas del béisbol ahora justificaban la violencia para sanar una herida deportiva.
Cuando yo era niño y soñaba también con ser un pelotero, mi máximo era Ken Griffey Jr. Adopté el batear como zurdo aún cuando mi brazo dominante es el derecho, pedí sus zapatillas deportivas e incluso traté de imitar su forma de pararse en la caja. A pesar de su apariencia considerada rebelde para la época de los noventas, con su gorra colocada al revés y la incrustación de un diamante en el lóbulo de una de sus orejas, Griffey jugaba el béisbol de una manera correcta. Me contaba mi padre, un dato que jamás he podido verificar, que Griffey al ser hijo de otro pelotero importante, había sido reprendido por este al tener actitudes soberbias con sus rivales al ser evidentemente superior a ellos en la infancia y de ahí radicaba el respeto que tenía por el deporte. No dudo que mi padre me contara eso para transmitirme su propia visión del béisbol y generar en mi ese respeto.
Debo admitir que yo mismo considero algunas de las reglas no escritas como correctas y otras como incorrectas. Imagino es parte de ser una generación transitoria entre la vieja y la nueva escuela. El béisbol como la vida ha cambiado y cuando sus protagonistas cambian, el deporte lo hace y se adapta para sobrevivir. En una época donde las novenas cuentan con una diversidad significativa entre sus filas, teniendo jugadores de los 5 continentes formando parte de los rosters y en ocasiones dominándolos (ojalá en algún punto exista un jugador de la Antártida) es imposible que las cosas se mantengan estáticas y es un evolución natural y sobretodo bienvenida porque todos los jugadores en algún punto fueron aficionados que se enamoraron del juego de pelota.
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