Del béisbol y otros demonios

  Recientemente Matt Harvey confesó algo que era a luces evidente. Su consumo de drogas durante su carrera. Muchos recordaran las varias escenas del lanzador batallando con una nariz sangrante mientras realizaba sus aperturas con los conjuntos de los Mets, Reds, Angels, Royals y Orioles siendo por mucho su estadía con el equipo de Queens su mejor etapa en la gran carpa. Ahora que se ha solicitado su declaración respecto al rol que jugó Eric Kay, director de comunicaciones del equipo californiano en servir como enlace para conseguir diversos tipos de estupefacientes y medicamentos de control para los jugadores, acto que culminó en la muerte del lanzador Tyler Skaggs en 2019 por asfixia al aspirar su propio vomito mientras se encontraba bajo la influencia de fentanilo, oxicodona y alcohol, la responsabilidad de Harvey está en tela de juicio por ser también un "dealer" para su amigo consiguiendole los opioides con sus contactos.

  Durante su testimonio levantó el velo del misterio sobre algo que se sabía pero no se conocía su extensión. Una buena parte de los jugadores necesita de un "cocktail" de medicamentos para funcionar y en muchos casos sobrellevar su carrera. Desde los constantes dolores o la ansiedad producida por su desempeño, el uso de barbitúricos está a la orden del día en prácticamente cualquier "clubhouse". Desde la muy famosa historia de Wally Pipp y como perdió su trabajo gracias a un dolor de cabeza que le abrió la puerta de la titularidad y el éxito al entonces desconocido Lou Gehrig, los jugadores entienden que su puesto solo está seguro mientras esten en el campo dando resultados.

  Solo ahora que los espacios se abren para hacer declaraciones donde se admite la fragilidad, en especial la mental, los peloteros pueden admitir los graves problemas a los que se enfrentan cuando sus capacidades se ven reducidas por una lesión o una mala racha. En lugar de confiar en el apoyo de parte de sus escuadras, deciden esconder sus vulnerabilidades y asumir a las drogas como la salida temporal a todos sus problemas. Basados en que solo es cuestión de unos días, el consumo de las sustancias prohibidas se vuelve parte cotidiana de sus rutinas y a la vez una hermandad entre jugadores que se refugian en las mismas tácticas de supervivencia.

  En los libros del ex pelotero, mayormente de ligas menores y con breves lapsos en las mayores, Dirk Hayhurst este relata el ambiente al que nunca pudo adaptarse y la guerra de testosterona que se desataba en los vestidores ante el menor índice de vulnerabilidad. Fue incluso acusado de traidor a la santidad de un vestidor por escribir sus vivencias aún cuando el nunca fue aceptado como uno de los muchachos. Pensar era algo mal visto, según relata en sus anécdotas y el hecho de ser voluntariamente virgen no ayudaba a su causa. Eric Thames pasó también varios problemas de adaptación porque sus costumbres no se adaptaban a las del vestidor. Desde su gusto por el rock progresivo o sus intereses culturales, lo volvieron un ermitaño en la cultura dominante del equipo. Su carrera tomó un giro cuando decidió ir a Corea y regresó convertido en un héroe y con una musculatura que difícilmente podría ser adquirida sin el uso de esteroides (no confirmado, pero cualquiera que haya pasado meses en un gimnasio sin anabólicos y compare sus resultados sabrá reconocer las diferencias).

   Ejemplos hay muchos, incluso hay una era marcada ahora como indeseable por los "cork sniffers" del béisbol, que ha dejado fuera del salón de la fama a figuras de la talla de Barry Bonds y Roger Clemens. Juzgan muy a la lígera y sin conocimiento de causa que estos mancillan la integridad del deporte. Nunca sabremos con certeza la razón que los orilló a tomar estas decisiones. Ahora entendemos que no solo es un factor de busqueda de resultados, si no que detrás del hecho de administrarse una sustancia prohibida quizás existe una ansiedad producto del desempeño o incluso del hecho de volverse famoso de la noche a la mañana. La presión del éxito inmediato y sobre todo de perderlo puede provocar muchas decisiones apresuradas.

  Volviendo a Hayhurst, en otro pasaje de sus libros, habla sobre su primera oportunidad en grandes ligas y como es fácil deslumbrarse ante los lujos que representa el abismal brinco entre las menores y las mayores. Desde la calidad del alimento (empezando por tener alimento seguro) y la comodidad de una suave cama en un lujoso cuarto de hotel contra la posibilidad de dormir en el sillón de una familia que se apiade del jugador promesa en un sótano en Florida habla de por qué la decisión de consumir sustancias que mejoren el rendimiento les brinda mayores posibilidades de posicionarse en el equipo grande.

  Los dueños no lo hacen menos pesado. Entre las nuevas propuestas para lograr el acuerdo colectivo se pretende eliminar la paga a los jugadores en los campos de entrenamiento. Esta desafortunada medida no hace más que incrementar la presión entre los prospectos para conseguir llegar a dar el brinco a las ligas mayores. No se entiende que en el momento que una persona se entrega al consumo de sustancias nocivas su dependencia a estas se vuelve un lazo prácticamente indestructible. Y seamos honestos, esto es solo hablar de cosas prohibidas, pero otras cosas como alcohol, tabaco, cafeína de igual manera pueden contribuir a los problemas. 

  Me gustaría que el nuevo contrato colectivo de trabajo incluyera un plan sobre la salud mental de los jugadores. Son muchos casos y carreras destruidas por el hecho de satanizar un problema y solo prohibirlo. Poner multas por hacer algo que es prácticamente necesario dadas las exigencias no resuelve nada. Las historias de éxito son muy pocas y efímeras. Josh Hamilton logró regresar de una adicción a la cocaína y el alcohol durante unas temporadas para finalmente recaer y enfrentar prisión hasta por 10 años. Los aficionados tenemos parte de la culpa al exigir constantemente resultados y con las redes sociales y el poder opinar abiertamente sobre lo "malo" que es un jugador conlleva una responsabilidad. Se necesita educación de todas las partes para enfrentar la realidad del problema y afrontarlo en lugar de castigarlo y juzgarlo. 

  

 

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