El paro laboral de las grandes ligas.

  En el instante que se concretó el último out de la temporada 2021 que vio coronarse campeón a los bravos de Atlanta, también comenzó a correr el cronómetro que ponía contra la pared la continuidad de nuestro deporte favorito en 2022. Salvo la organización del equipo de Georgia que tenía la mente en el desfile, en la fiesta en los vestidores, los baños con champaña y darle mal uso a los goggles para esquiar, las otras 29 organizaciones estaban acomodándose en la trinchera para la batalla que se venía.

  La fecha marcada en el calendario como las 11:59 del 1 de diciembre de 2021 dejaba menos de un mes para hacer las últimas negociaciones de la agencia libre. Grandes contratos como los de Corey Seager y Marcus Semien en Texas hicieron estruendo en las noticias tanto por su duración como por el dinero que estos aseguraban. Max Scherzer hacía lo propio al volverse el complemento perfecto de Jacob DeGrom en la rotación del eterno equipo hermano menor de la gran manzana. Más nombres como los de Javy Baez, Robbie Ray, Kevin Gausman se dieron turnos en los encabezados como los nuevos millonarios de la gran carpa.

  Muchos dolares se movieron en este agitado mes en las firmas de unos cuantos peloteros, las grandes estrellas se mudaban de casa para llevar sus talentos a equipos que buscaban afianzar su posición elite en la pelota americana y otros buscando ese sitio al que añoran volver o al que jamás han pertenecido. Y es que nada vende tanto como la ilusión que trae consigo un pelotero de alto calibre, sus números en sus anteriores franquicias que lograron conseguirle algún premio como el más valioso de la liga o el premio Cy Young al mejor lanzador de la justa.

  Desafortunadamente salvo algunas honrosas excepciones, la mayoría de las veces los clubes pagan carretadas de dinero por éxitos pasados que quedan lejos de ser replicados bajo la nueva franela. El punto más alto de un jugador se mide sobre en cual lado de los 30 años se encuentra. A medida que envejece se vuelve un jugador más astuto, con más colmillo, a costa de la disminución de sus habilidades físicas y es aquí una cuestión de adaptarse o morir y saber sobrevivir a las exigencias de un deporte en el que las rachas son la normalidad.

  Y para el jugador lo más justo es que se recompense su esfuerzo y su dedicación. Los sacrificios que ha hecho para llegar hasta ese punto alto que son las ligas mayores. Frecuentemente se olvida que el camino es extremadamente difícil y solo unos pocos elegidos logran llegar. El ascenso por las categorías de ligas menores es cruel y acompañado de mala paga, pésima alimentación, dormir en cualquier lugar que se encuentre disponible y muchas veces al amparo de familias que se apiadan de ellos y les ofrecen caridad mientras ellos se uniforman día con día tratando de destacar con su brazo, con sus piernas o con su mente.

  ¿Entonces realmente cuál es el problema? Si los dueños no temen sacar la cartera para pagar esas cuantiosas sumas por un poco de producción sobre el terreno de juego ¿por qué entonces no invertir más en las condiciones de sus propios jugadores para tener mejores peloteros, que sientan su esfuerzo recompensado por su organización y se desarrollen bajo un ambiente propicio y sin temor sobre su futuro y poderse entregar al incremento de sus habilidades? La respuesta es muy simple. No es rentable, no se maximizan las ganancias.

  En números aproximados, MLB gana aproximadamente 3 billones de dolares en la venta de mercancía diversa a través de todos los equipos en sus tiendas físicas y sus contra partes en línea. Los negocios que se hacen con la televisión en sus distintas cadenas y paquetes añaden otros 1.8 billones de dolares. Ya no hablemos de las entradas y la venta dentro de los estadios. Aunque el deporte haya perdido terreno frente a otros como la NFL y ya no sea considerado el pasatiempo de América, son cifras nada despreciables y que generan una basta riqueza entre sus dueños. 

  Es lógico entonces que los jugadores exijan mejores pagos desde etapas tempranas de su carrera. No tener que esperar seis años después de debutar en grandes ligas para empezar a acumular tiempo de servicio, el cual es abiertamente manipulado por las organizaciones para evitar que la cifra aumente. Los envíos constantes a ligas menores por manipulación del roster y ni hablar del repudiado proceso de "arbitration" donde las mismas organizaciones señalan las fallas de sus propios jugadores ante jueces para determinar que no se han hecho merecedores a un incremento salarial.

  Los jugadores estrellas han tomado una posición férrea en las negociaciones contra los dueños y no han cedido en las peticiones de una repartición más justa de las ganancias colectivas. Sin embargo los líderes de estos movimientos son millonarios que ya han probado las mieles del éxito que este sistema les ha proporcionado. Quizás una solución sería reducir las ganancias que ellos mismos perciben pero dudo que sea una propuesta que siquiera sea considerada por ellos.

  La realidad es que el rico siempre buscará la manera de ser más rico y cualquier oportunidad de ahorrar costos será bienvenida. Los gastos son inversiones probadas porque nosotros como aficionados los propiciamos al siempre pedir más y más estrellas y siendo honestos queremos los "jerseys" de Mike Trout, Fernando Tatis, Mookie Betts o Vladimir Guerrero por sobre los de un desconocido. Es naturalmente humano deslumbrarse ante el éxito demostrado. El ver al equipo contrario e imaginar como sería el nuestro con una contratación bomba. 

  Dueños y jugadores se han vuelto a encontrar en una negociación que no duró más de dos horas y las propuestas siguen estando muy alejadas entre si. El riesgo latente de una temporada corta es más probable a estas alturas y será una lucha donde el rico quizás pierda un poco, pero el pobre pierda y mucho, como generalmente pasa.


Danilo González

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